Hipersexo

mayo 18, 2009

 

tomado de nandosahuquillo.wordpress.com

tomado de nandosahuquillo.wordpress.com

 

En el momento en el que me siento frente al computador estoy siendo atravesado por el flujo infinito de información que las arquitecturas cibernéticas permiten. Todo en la pantalla es espacio, y todo espacio vacío en el mundo contemporáneo es ante todo la potencia de una transacción ya no solo económica sino ideológica. El mundo como supermercado, dice Houellebecq: la pantalla del computador, las autopistas en pleno tráfico y el interior del transporte público como extensiones de la lógica del anaquel de una gran plataforma comercial. La mega tienda como el lugar físico dónde confluye y mejor se representa la lógica de la vida moderna: la velocidad de los flujos humanos, la publicidad grandilocuente y excitante que rodea y predetermina nuestros desplazamientos, la sensualidad de los objetos inermes que protagonizan nuestros deseos y anhelos, la maximización matemáticamente prefigurada de las posibilidades de benefició económico que permite un espacio cualquiera:  en general, la cultura de las cifras como ética indiscutible de vida. La pantalla del computador no dura vacía por mucho tiempo. Tan solo con revisar mi mail de Google encuentro una serie de ofertas en el costado derecho de la pantalla generadas por el  contenido privado de mis correos. Tomando el bus amarillo que viene de la 68 y toma la 19 encuentro dentro del reducidísimo espacio del colectivo dos pantallas con buen volumen que muestran en  loop los programas de la mañana de Jotamario y las crónicas sobre guerra y violencia de Pirry, cada una con sus tandas de publicidad respectivas. Los espacios (virtuales y físicos) son conceptualmente diseñados en beneficio de una tormenta permanente de información (arquitecturas transparentes, al decir de Houellebecq) y el supermercado del mundo prefigura mis intereses bajo el presupuesto de que la hiperconectividad de la sociedad contemporánea requiere de mí un enorme vacío que se traducirá en potencia de transferencia y de descarga. Mi cuerpo y mi mente, al vaciarse, aumentarán su ancho de banda, optimizarán su función como un hub de ofertas e ideologías, y si llegase a oponer al flujo un mínimo de individualidad o criterio propio mi conectividad con el gran servidor informativo, económico y vital del mundo contemporáneo se vería casi que necesariamente afectado; mi cuerpo y mente entrarían en peligro inminente de volverse cultural y socialmente obsoletas.

Más allá de las objeciones económicas y éticas generales que de este estado de cosas se pueda hacer, me interesa preguntarme por la condición en que deja la utopía de las transacciones a la velocidad de la luz a aspectos sicosociales como el afecto, el cuerpo, o el sexo. Desde siempre he sentido una identificación enorme con la literatura de Houellebecq puesto que no conozco a nadie que haga un retrato más riguroso, descarnado y minucioso del estado actual de la afectividad en un mundo que parece demasiado ocupado entre redes, tecnologías, despliegues mediáticos y sobresaturaciones de información.  La literatura de Houellebecq parece ser consistente en estos aspectos: se reconoce a si misma como fetichista, misógina, cruel, y a la vez pletórica hasta la saturación en referencias a todos los aspectos del conocimiento humano (ciencias, literatura e historia, por ejemplo): una auténtica hija de su tiempo. Se debate en una pugna eterna entre la frialdad del conocimiento –  el análisis distanciado y científico de la experiencias –  contra el dolor infinito, desgarrado, de la propia sensibilidad que el mundo tecnificado no ha sido capaz de arrebatar a ciertos individuos (que parecen ser los menos y no precisamente los elegidos o los mártires sino los perdedores y los patéticos). Seres con empleos comunes, habitantes de las grandes urbes, individualistas y miserables, cuyos conflictos y perturbaciones más profundas estallan en un mundo que, al decir de Baudrillard, no deja espacio para el nacimiento del afecto o el deseo y que condena al ostracismo más despiadado a los pocos que acaban por darse cuenta que sienten nostalgia de ámbas cosas.

¿Qué lugar ocupa la sexualidad en éste contexto? Los criterios con los que se evalúa la vida útil de las tecnologías no es en esencia distinto del criterio con el que se evalúa la vida útil de una persona.  El potencial de consumo dentro de la gran plataforma comercial que es la sociedad actual (y por tanto nuestro estilo de vida, toda vez que hacia el incremento del potencial de consumo enfocamos nuestro trabajo diario y nuestros esfuerzos vitales) tiene que ser equivalente al potencial de producción y distribución en serie de las máquinas. Debemos consumir a la velocidad con la que produce el autómata, sopena de quedarnos rezagados “culturalmente”. Debemos ser eficientes y acertivos proporcionalmente a la eficiencia y acertividad de las tecnologías, que son cada vez más veloces, específicas y a prueba de errores. En el sexo valoraremos la posibilidad de saltar de un producto a otro, valoraremos la  diversidad de la gama de ofertas que se nos presente y la velocidad con la que podamos acceder a ellas. El afecto, y por tanto el reconocimiento del otro en cuanto ser humano y ser afectivo, será el gran enemigo, toda vez que choca con la dinámica social del cuerpo como producto de consumo: nada que llame al afecto de un individuo podrá ser de usar y tirar, y al consumir el cuerpo del otro como un producto, un producto que los medios, la cultura, el arte y la pornografía lleva vendiéndonos por años, no podemos sentir amor, arraigo o apego alguno: esto induciría al aburrimiento e impediría el dinamismo de la compra y la oferta. Así pues, hemos de comportarnos como se comportarían las máquinas, extendiéndose la analogía desde el empleo maquínico y robótico de nuestros cuerpos hasta la tendencia a la utópica superación de nuestros límites biológicos y corporales en cuanto a rendimiento y capacidad sexual. De hacer posible este tipo de sexualidad y venderla como si se tratase de una opción realista de vida se encarga la publicidad en conjunto, las revistas de moda, la televisión, y de forma menos hipócrita pero más despiadada y fuerte, la  pornografía. Cultivamos el cuerpo utópico que vende la pornografía. Cultivamos los comportamientos sociales que promulga y tal visión de las cosas encaja a la perfección dentro de la hiperconectividad del capitalismo actual.

La pantalla no deja de emitir informaciones: no deja de emitir signos ideológicos, culturales, amarrados necesariamente al estado del pensamiento y la cultura en la gran red. La escena pornográfica promedio actual, filmada con una cámara de mano y con un nivel de producción técnica casero y de bajo coste, dura alrededor de 25 minutos. Generalmente emplea 5 minutos de su introducción a las escenas previas al coito en sí: entrevista con las actrices y escenas de sexo oral progresivamente más violentas. Los minutos restantes, casi 20 en general, están dedicados a la penetración mecánica y maquínica de las protagonistas, en una especie de loop que se concentra no en transmitir o emular las sensaciones físicas de los protagonistas sino en el despliegue obsesivo y grandilocuente de dos cuerpos que se comportan a la vez como máquinas y como mercancías del gran hipermercado de los cuerpos: reina allí la bruma densa de la total y absoluta nada afectiva. La figura de la producción en serie, descubierta en sus potencialidades estéticas por Warhol, es la misma que opera en el tipo de sexo que vende la pornografía norteamericana: miles de carátulas de dvd’s con nuevos títulos salen al mes y las actrices, también miles de ellas, filman semanalmente con actores y actrices señalando una clara y delimitada separación entre coito y afecto que denota la condición desarraigada, mutable y en general inexistente de la afectividad contemporánea, equiparable naturalmente al desarraigo que siente el consumidor una vez una oferta supera a la oferta anterior. Esta estética del sexo en serie, al igual que la de la producción en serie, rinde culto a la fastuosidad de las cifras como forma de reafirmar su carácter industrial, exitoso y de ensueño para las masas: las cifras en pulgadas de un pene gigante y erecto durante 20 minutos, las cifras descomunales de pecho  y cadera de una actriz operada, la cantidad de minutos de penetración constante por parte del actor, el número de orgasmos que finge la actriz, el número de hombres con el que se acuesta a la vez o los salarios insuperables de las actrices que unidas a los enormes dividendos que esta industria genera enfatizan su carácter próspero. La forma de distribución de la pornografía de hoy es hija de las redes y la hiperconectividad del mundo: sin pagar un solo peso, cualquier persona en el mundo con acceso a internet es capaz de consumir la cantidad de pornografía que le plazca, eligiendo entre una saturación de oferta que especifíca cada pequeño detalle de la escena a elegir y que satisface plenamente las exigencias del consumidor. El sexo de esta pornografía es la quintaescencia de lo que la palabra efectividad en el contexto de la producción capitalista actual significa: una vez derrumbado el mito de que el coito tiene algo que ver con la reproducción, los únicos criterios para medir la efectividad de las escenas están relacionados con la cantidad y calidad del sexo, y la única forma de medir ambos factores sin mayor lugar a debates son las cifras que mencionabas anteriormente, entre otras muchas que operan dentro de la lógica del hipersexo. Una celebración de los alcances de esta estética de lo sexual, en la que el placer real no parece curiosamente tener nada que ver.

De nuevo: en el tiempo de hoy, toda imagen al dibujarse en el espacio vacío de la pantalla opera en el dominio mediatizado de las transacciones ideológicas. Los medios, incluida la pornografía, construyen un imaginario, el imaginario del desarraigo y la nulidad afectiva. Sus mitos se extienden entre todas las mentes a la velocidad exacta del modem que empleamos. Asumimos para nuestras vidas que la sexualidad debe operar con los mismos valores del mundo como supermercado: impermanencia y mutabildiad de la oferta, superación maquínica de las restricciones biológicas del cuerpo, potencial infinito de elección como forma de “libertad”. Somos bombardeados por sus exigencias y valores en medio de la arquitectura transparente de la ciudad, de los medios y los flujos vertiginosos de información. Queremos eso también para nuestras vidas, ofrecemos nuestro cuerpo y atraemos hacia nosotros cuerpos intentando emular la hipersexualidad capitalista. El negocio es rentable para sus productores, pero en la vida de muchos, la mentira de que una sexualidad de esa naturaleza sea posible se hace insostenible. En esta contradicción, dónde se mueven los protagonistas de Houellebecq y dónde se potencian todas sus dramas, sus carencias afectivas y las frustraciones que incluso los llevan al punto irreversible del suicidio, la visión de la hegemonía del sexo y la nada emocional parecen irreversibles. En varias entrevistas, el autor plantea la imposibilidad de que tal sociedad persista por mucho tiempo. ¿Cuántas personas viven también el drama de esta contradicción? ¿Cuántas otras superaron, como la protagonista de La posibilidad de una isla, la necesidad y la capacidad de sentir algo semejante al amor?

4 comentarios to “Hipersexo”

  1. ramses said

    hoy yo veo que no puedo dislocar el afecto del tacto.

  2. Nathalia said

    Vaya… “hipersexo” bueno título para todo lo que dices aquí. Me encantó el post. Sería chevere seguir ahondando en cuáles son las consecuencias psico- afectivas que toda esta cultura de consumo genera en los seres humanos. Amaría que siguieras escribiendo, de esto y de muchas otras cosas. Extraño leerte.

  3. d1eg0 said

    ey!, leeeento, rápido, leeeeento…, interesante el post.

  4. Shrein said

    Hola Andrés! Saludos y excelente post.

    Me parece interesante considerar el papel que puede jugar el individuo en transformar esta dinámica mecánica, en la medida que el broadcasting ya no sea la forma de distribución preferida, y se tenga la posibilidad de escoger fuentes de información más humanas. Es decir, cuando el individuo ya no solo escuche sino que también pueda ser escuchado.

    A veces resultan bastante contradictorias las formas en que internet (y en general la interconexión) puede afectar a una sociedad.

    pd. Gracias por el comentario!

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