diciembre 7, 2008

Satellite Anthem Icarus fuma y fuma y salta con su paracaídas a la tierra de los compositores idos. Allí encuentra a Jacob Obrecht y a Hildegard von Bingen y tras algunas copas, largas horas de interesantísima conversación y un par de miradas cómplices, termina enredado en un ménage à trois con ámbos. Satellite Anthem Icarus está libre de nudos puesto que se ha obsesionado con liberarse de ellos, y observa que a su alrededor el tiempo anda más rápido que nunca. Usa una falda fucsia y tiene una hermosísima voz de contratenor que dejó de usar hace años hastiado del belcanto y su repertorio romantizado y enfermizo. Satellite Anthem Icarus hizo un upgrade tecnológico de sí mismo: razona mediante un  software insertado en su cabeza y sus alas son un compuesto de gases semi-transparentes cuya intensidad de emisión controla a través de electrodos. Detrás de una barrera de fuego que separa la casa de Dufay del garaje de Zarlino, Satellite Anthem Icarus encontró a Dayvan Cowboy. El pecho de Dayvan Cowboy emite radiaciones azuladas y su sonrisa es siempre maravillosa, siempre cálida y sugerente. Dayvan Cowboy tiene labios de seda, una cresta de metal, un lazo de neón para las faenas del campo y unas botas, oh boy, unas botas dr. Marten verdes, fosforescentes, que le dan a las rodillas y a las que les añadió dos plataformas de 30cm de alto. Dayvan Cowboy también fue cantante pero ahora compone. Hace unos años soñó un cantus firmus que se repite y repite en su mente como un mantra: sobre él ha escrito piezas de hasta 8 horas de duración. Satellite Anthem Icarus besó a Dayvan Cowboy y lo abrazó. Juntos hacen un compuesto tan extravagante, son una máquina tan sofisticada que es todo un espectáculo verlos brillar.

Satellite Anthem Icarus anota en la entradas 25 de su bitácora de viaje: “Crecen poblando el suelo,  a la manera de las plantas terráqueas, cientos de pequeños tallos rojos que culminan en cubos porosos de tejido neuronal. Perciben el calor y el movimiento del viento, recrean para sí mismos una radiografía del exterior y son plenamente autoconscientes. Es imposible saber si se comunican entre sí”. Estos brotes, piensa para sus adentros Satellite Anthem Icarus, son en realidad una peculiar pero peligrosa plaga. Los tallos absorben paulatinamente el orgon del ambiente. Se vigorizan a través del consumo de la energía sexual y mental que las otras formas de vida a su alrededor requieren para desarrollarse y se reproducen a velocidades impensables, arrasando con todo a su paso. El pelo de Satellite Anthem Icarus es verde. Cae en largos pliegos sobre su hombro izquierdo. Sus ojos son azules y es delgado, no muy alto y con manos de mujer.

Ockeghem usa gafas de Christian Dior y le dispara a las nubes con un rayo laser. Viste zapatos italianos y fuma té. Compone en su mente, mirando al cielo. Tiene amantes y manías y fetiches. Le gustan los espejos y toca el bajo eléctrico cuando descansa por un rato de la música sacra. Para volar, usa un traje negro con parches lila, diseñado para que en las noches sea imposible de detectar. Dufay es quizá más retraído, aunque se muestra afable y conciliador en su trato. Es muy respetado, admirado, buscado y querido; aún así, cuida con todo el esmero del mundo de su espacio personal. Lee revistas culturales, le gusta la literatura sobre viajes y ha aprendido, junto a otros compositores, el arte de la telekinesis y la estrecha relación que guarda éste con el sonido. Para volar no necesita aditamentos particulares: Usa un vestido holgado de tela blanca. El vuelo lo domina con la mente.

Ayer vi a los cuatro (Dayvan Cowboy, Satellite Anthem Icarus, Johannes Ockeghem y Guillaume Dufay) corriendo por el valle abierto. Tomaban impulso con una carrera y levantaban vuelo, como superhéroes de otra época. Inspeccionaban la tierra desde el aire en busca de tallos rojos, y perforaban las nubes de gases tóxicos con sus poderes mentales y sus armas de última generación. Los veo ahora caminar por el desierto, convirtiendo la arena en polvo, sin parar en todo el día ni por un segundo de andar. Se cuidan mutuamente, y buscan desesperadamente algo, algo entre el viento, algo entre el ruido ensordecedor de la tormenta, algo entre las luces de la atmósfera, algo electrizante que no puedo ni siquiera imaginar.

4 comentarios to “”

  1. Takita said

    Te odio mucho.

    –por aquello del talento–

  2. “metaphors as monstrous as orchids, and as subtle in colour”. The Picture of Dorian Gray, Oscar Wilde.

    No entendí buena parte, jajaja, pero me gustó más de lo que predijiste que me gustaría.

  3. el teso said

    mientras tanto, Jimmy Salcedo espera que le llegue por correo su nuevo pedido de tupperware.

  4. felipe said

    que interesante, me gusta como escribes.

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