agosto 4, 2008

Soy yo. Todo se trata de mí. Describo esta música hecha de repeticiones que bien podrían ser infinitas, siento el sol caer sobre la terraza, oigo ruidos cuya procedencia desconozco y me abandono, pleno, a la feliz experiencia de dejarlos resonar, de dejarlos existir, de absorberlos como una hoja absorbe la luz y el agua. Qué podría abstraerme de mí? Quién podría privarme de mí? Soy yo. Son mis manos deslizandose por la arena. Son las jerarquías del mundo completamente contrariadas, son las calles reflejándose en las ventanas, es caminar de madrugada, respirar el aire frío y guardar para mí el brillo místico de las campanas cuando las toco. Son mis días, en apariencia iguales pero siempre distintos. Son los libros, es el arpa del piano siendo violentada por objetos que le son ajenos.

Tus gafas de sol reflejan otras ciudades, hechas de viento y polvo. Tus manos conocen otro mundo, infinitamente diferente al mío. Lo que hemos vivido a lo largo de toda nuestra vida nos construye y define y aún así jamás seremos capaces de transferirlo; el secreto de cómo la realidad nos embriaga por adentro muere en las fronteras de nuestra piel y se degrada, necesariamente, cuando lo hablamos y lo escribimos. No sé si te conozca. La poesía está afuera, en el acontecer llano de la vida y en todo aquello que requiere un máximo de contemplación y un mínimo de interpretación. Te contemplé. Llenaste de color esta estación. Siento, sin embargo, el fuerte soplar de otros vientos, y he de aceptar que el color de la copa de los árboles está cambiando.