mayo 19, 2008

El turista ve la herida, ve el vendaje sobre la herida, lo remueve, deshace la cicatriz con las uñas y empieza a hurgar con los dedos en la llaga abierta, intentando abrirla más. Aplica alcohol, grita de dolor a todo pulmón y se entrega de nuevo a esta suerte de masturbación dolorosa, intentando profundizar y expandir los pliegues de la carne ensangrentada. Su mano izquierda da golpes desesperados sobre la mesa de noche, mientras busca erráticamente cualquier objeto de tamaño medio que le permita, con efectividad, abrirse paso entre la abertura y el hueso. El turista no se conforma con una imagen homogénea del dolor: quiere reconocerlo, estudiar su comportamiento de forma sistemática. ¿Qué tal si, 4 centímetros adentro de la abertura, intenta desgarrarla hacia la derecha y luego hacia la izquierda con todas las fuerzas? ¿Qué tal si al presionar hacia adentro con una mano con la otra rasga un pliego considerable de piel? ¿De qué se componen esas sutilezas que diferencian los distintos tipos de auto flagelo, más allá de aquella sensación de parálisis infernal que identifica a ambas?

El turista busca que la herida lo perfore del todo, busca llegar, raspando con paciencia, hasta el otro lado de su cuerpo.

Horadar

Verbo transitivo

Perforar un objeto atravesándolo completamente.

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