Corsair.

febrero 6, 2008

les400coups.jpg
les 400 coups, Truffaut, 1959.

 

tengo incubada dentro de mi la sensación de intimidad y pura emoción que me produce escuchar sigúr rós. recuerdo la tranquilidad que me producía el suelo claro, las ventanas abiertas, la imagen aérea de la gente caminando, sin prisa, una mañana de sábado. recuerdo la incertidumbre, las conversaciones con mi hermano, la taza de café y las horas de intentar tocar una canción, escondido, dudando al cantar de cada giro de la melodía. recuerdo una caminata por tabio, entre las montañas, un libro de murakami bajo el brazo y una parada en el camino para leer bajo el sol de la tarde. recuerdo escuchar a steve reich y sentirme perdido entre cuartos enormes, con rombos de cristales de colores girando por la acción del viento, reflejandose unos a otros. recuerdo ryoanji de cage, y el sonido profundo del trombón retumbando en mis oídos sumergidos en la contemplación (absorviendo yo a la música tanto como la madrugada a mi).

recuerdo las cortinas de colores, la taza de café, la pureza de los márgenes del libro, las vidrios enormes que daban al lago, las botellas de vino blanco, sus manos junto a las mías, el humo que salía de la sheesha y por supuesto la película que alguna vez vimos, la de los abuelos que, contemplando las calles de tokyo, veían el mundo pasar, sin alterarlo. y es que ni la muerte ni el viento agitan la calma de este lago. recuerdo vivamente verla llegar y ceder ante su presencia. recuerdo perderme entre su aparición fortuita, invitarla a bailar, permitir que su invitación a perdernos se sintiera, al menos por una noche, más real que todo cuanto viví. (sin asumir la gran carga de injusticia que traen consigo este tipo de afirmaciones)

recuerdo también un beso que aún despierta las mismas emociones y que parece inmune a la contaminación que llega a representar el ponerlo en palabras (miento, tal cosa es imposible). recuerdo la voluptuosidad infinita de una noche jóven, a punto de ser escrita. recuerdo las conversaciones íntimas, la botella de tequila encaletada, la cerveza, la hierba, la niña manejando con un vaso de ron en la mano, los abrazos, los labios y las confesiones inconducentes que tanto bien me hacen.

n. me decía que no buscaba nada, que no iba a ningún sitio, que simplemente permanecia. yo recuerdo muy bien caminar junto a ella, perder mis ojos en su cuerpo y constatar que en la misma visión de su desnudez lo real parecia ser más real que de costumbre. el tacto y la percepción se agudizaban, se desvinculaban de todo apasionamiento lógico y por breves momentos era como si el mundo se liberara de su recubrimiento, como si la escisión tradicional entre el ser que nos habita y el universo que nos rodea hubiese sido, durante un momento, superada. aparición sutil y a la vez memorable. la comprensión de su imagen requería de silencio, un silencio férreo, conciente, inquebrantable. la mente en blanco, como una página virgen, se activaba al contemplarla, en un destello que iluminaba las fronteras de mi mismo.

recuerdo las caminatas con a. y las conversaciones interminables, las continuas resacas, las gafas de sol, el tiempo que requiere fumarse un cigarrillo y observar el color ocre del muro de enfrente, mientras intentabamosmos hacernos parte del viento, mientras intentabamos liberarnos de nosotros mismos y fracasabamos en el intento (aún si lo disfrutaba). y luego me veo en mi balcón leyendo, al decir de dani villegas, el patrón de las luces de las casas que se encienden, tímidamente, en la madrugada. y recuerdo otro lucky, el que interrumpía horas y horas y horas interminables de vigilia e incertidumbre para permitirme observar el cielo y soñar con que la música debe aprender de las nubes, de su constante variación, de su naturaleza etérea, de su capacidad de constituirse como un segundo estrato siempre a punto de disolverse. (mágico morton feldman, constructor de paisajes extraños).

la vida en rosa, el sonido de la melódica y la cámara persiguiendo a un niño que corre hacia la nada. recuerdo su silueta, mi enamoramiento de dos días, sus ojos claros y su sonrisa. desde luego, mi intención fallida de agradarle.

le pediría que me permitiese ir con ella. retendría su presencia hasta antes de que, al decir de baudrillard, se viciara su segunda existencia, su existencia como farsa, aquella que permanecerá en nuestra memoria toda la vida. lo mágico se degrada en la ampliación de sus propias capacidades. las cosas deberian durar tan solo lo que deben durar. (hoy he vuelto a obligarme a escribir. antes era más autoindulgente y las cosas brotaban con mayor emoción, con más facilidad. cada palabra se sentía mas segura. ahora, aún cuando sigo sintiendome igual de ingenuo, las oraciones se hacen más dificiles).

 

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la exaltación de los colores, el baile incoherente de las formas, la pura variación, la camara como ojo que captura, indistintamente a veces, manchas, objetos brillantes, destellos puros de movimiento inconexo, de vida real. me distancio de las gramáticas, oigo hands de four tet, recuerdo las caminatas a la casa de juan pablo y las conclusiones sobre la vacuidad de declararse panteista en un mundo que, desde una perspectiva ajena a todo misticismo, derrocha prodigios a cada segundo. me veo caminado por el parque de alcalá pensando en éxtasis los textos de andré bazin, su amor por las potencias telúricas a través de las que se manifiestaba lo real. recuerdo a la camara representando aquel “original que nuestros ojos no habrían sabido amar”, y por siempre la rueda del parque de les 400 coups de truffaut, girando a una velocidad suficientemente vertiginosa como para que afloraran los signos sonoros y visuales puros que obsesionaban a deleuze. me veo sentado en la segunda fila de la clase de cine y filosofía, con el corazón latiendo a toda velocidad y sintiendo como ante mis ojos se articulaba coherentemente todo cuanto intuí, todo cuanto soñé, todo cuanto esperé del arte y de la vida, desde entonces y para siempre, absolutamente inseparables e indistintos.

 

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corsair de boards of canada.

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avanzar hacia el vacío, entregarse al extravío, buscar en la nada la posibilidad de algo. jugar con el riesgo, vestir al silencio de incertidumbre. (por ahora hay mucho ruido, loops imperfectos, mañanas y tardes buscando la forma de abordar las canciones, muchísima risa, un par de pausas para almorzar y una lucha constante contra la tecnología).

 

andre-bazin.jpg
andré bazin (1918-1958)

 

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escuchaba a journey to reedham de Squarepusher. mi mente bailaba, a toda velocidad.

4 comentarios to “Corsair.”

  1. Ante ti me quito el sombrero. Gracias por escribir todo esto, chinazo. Está brutal.

  2. La anciana de la película said

    No ecuentro lo que me mandaste a buscar. ¿Me explicas?

  3. Taka said

    Qué bonito que escribe AndiG…

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