octubre 14, 2009

Desdigo el mundo palabra a palabra

Y en mi desdecir, en todo lo que omito

Hay un amanecer

Desdigo mi tiempo, desdigo el futuro y desdigo a las horas

Me enciendo, ciego, entre la curvatura de las formas

Cierro los puños y desdigo al miedo

Me pierdo en los espacios nacientes

En el blanco que separa a las palabras

En el viento, poblado de silencio

En los caminos que nacen cuándo soy al ser de nuevo

Desdigo el dolor y mi grito se hace rio

Desdigo el pasado y mi cuerpo se renueva

Desdigo a las nubes y llego a los navíos

(Y atravesados en mi carne estan ustedes

faros de mis días, árboles y dedos

calor y libertad).

Y canto sin saber cantar

Y amo con una venda en los ojos

Y soy el oleaje, el puerto de córcega, el vientre de los sables

Y te invoco aunque no sé quien eres

Y te respiro así no vuelva a verte

Y mi encierro, mis pasos, el peso de lo andado

El ojo de mi sombra, la furia y la cabeza

Y las llamas y las grietas y las láminas y todas las piezas

brillan y brillan sin cesar

Mi jaula se desdice

Mi jaula se hace flor

Teclados de Taiwán.

julio 21, 2009

jp

Tiene manos de marfil
y teclados de Taiwán
un chico conectado
con la ciencia

Busca aliados de jazmín
y una daga de metal
y tiene apuro
y a la vez paciencia.

(Charly García).

Hipersexo

mayo 18, 2009

 

tomado de nandosahuquillo.wordpress.com

tomado de nandosahuquillo.wordpress.com

 

En el momento en el que me siento frente al computador estoy siendo atravesado por el flujo infinito de información que las arquitecturas cibernéticas permiten. Todo en la pantalla es espacio, y todo espacio vacío en el mundo contemporáneo es ante todo la potencia de una transacción ya no solo económica sino ideológica. El mundo como supermercado, dice Houellebecq: la pantalla del computador, las autopistas en pleno tráfico y el interior del transporte público como extensiones de la lógica del anaquel de una gran plataforma comercial. La mega tienda como el lugar físico dónde confluye y mejor se representa la lógica de la vida moderna: la velocidad de los flujos humanos, la publicidad grandilocuente y excitante que rodea y predetermina nuestros desplazamientos, la sensualidad de los objetos inermes que protagonizan nuestros deseos y anhelos, la maximización matemáticamente prefigurada de las posibilidades de benefició económico que permite un espacio cualquiera:  en general, la cultura de las cifras como ética indiscutible de vida. La pantalla del computador no dura vacía por mucho tiempo. Tan solo con revisar mi mail de Google encuentro una serie de ofertas en el costado derecho de la pantalla generadas por el  contenido privado de mis correos. Tomando el bus amarillo que viene de la 68 y toma la 19 encuentro dentro del reducidísimo espacio del colectivo dos pantallas con buen volumen que muestran en  loop los programas de la mañana de Jotamario y las crónicas sobre guerra y violencia de Pirry, cada una con sus tandas de publicidad respectivas. Los espacios (virtuales y físicos) son conceptualmente diseñados en beneficio de una tormenta permanente de información (arquitecturas transparentes, al decir de Houellebecq) y el supermercado del mundo prefigura mis intereses bajo el presupuesto de que la hiperconectividad de la sociedad contemporánea requiere de mí un enorme vacío que se traducirá en potencia de transferencia y de descarga. Mi cuerpo y mi mente, al vaciarse, aumentarán su ancho de banda, optimizarán su función como un hub de ofertas e ideologías, y si llegase a oponer al flujo un mínimo de individualidad o criterio propio mi conectividad con el gran servidor informativo, económico y vital del mundo contemporáneo se vería casi que necesariamente afectado; mi cuerpo y mente entrarían en peligro inminente de volverse cultural y socialmente obsoletas.

Más allá de las objeciones económicas y éticas generales que de este estado de cosas se pueda hacer, me interesa preguntarme por la condición en que deja la utopía de las transacciones a la velocidad de la luz a aspectos sicosociales como el afecto, el cuerpo, o el sexo. Desde siempre he sentido una identificación enorme con la literatura de Houellebecq puesto que no conozco a nadie que haga un retrato más riguroso, descarnado y minucioso del estado actual de la afectividad en un mundo que parece demasiado ocupado entre redes, tecnologías, despliegues mediáticos y sobresaturaciones de información.  La literatura de Houellebecq parece ser consistente en estos aspectos: se reconoce a si misma como fetichista, misógina, cruel, y a la vez pletórica hasta la saturación en referencias a todos los aspectos del conocimiento humano (ciencias, literatura e historia, por ejemplo): una auténtica hija de su tiempo. Se debate en una pugna eterna entre la frialdad del conocimiento –  el análisis distanciado y científico de la experiencias –  contra el dolor infinito, desgarrado, de la propia sensibilidad que el mundo tecnificado no ha sido capaz de arrebatar a ciertos individuos (que parecen ser los menos y no precisamente los elegidos o los mártires sino los perdedores y los patéticos). Seres con empleos comunes, habitantes de las grandes urbes, individualistas y miserables, cuyos conflictos y perturbaciones más profundas estallan en un mundo que, al decir de Baudrillard, no deja espacio para el nacimiento del afecto o el deseo y que condena al ostracismo más despiadado a los pocos que acaban por darse cuenta que sienten nostalgia de ámbas cosas.

¿Qué lugar ocupa la sexualidad en éste contexto? Los criterios con los que se evalúa la vida útil de las tecnologías no es en esencia distinto del criterio con el que se evalúa la vida útil de una persona.  El potencial de consumo dentro de la gran plataforma comercial que es la sociedad actual (y por tanto nuestro estilo de vida, toda vez que hacia el incremento del potencial de consumo enfocamos nuestro trabajo diario y nuestros esfuerzos vitales) tiene que ser equivalente al potencial de producción y distribución en serie de las máquinas. Debemos consumir a la velocidad con la que produce el autómata, sopena de quedarnos rezagados “culturalmente”. Debemos ser eficientes y acertivos proporcionalmente a la eficiencia y acertividad de las tecnologías, que son cada vez más veloces, específicas y a prueba de errores. En el sexo valoraremos la posibilidad de saltar de un producto a otro, valoraremos la  diversidad de la gama de ofertas que se nos presente y la velocidad con la que podamos acceder a ellas. El afecto, y por tanto el reconocimiento del otro en cuanto ser humano y ser afectivo, será el gran enemigo, toda vez que choca con la dinámica social del cuerpo como producto de consumo: nada que llame al afecto de un individuo podrá ser de usar y tirar, y al consumir el cuerpo del otro como un producto, un producto que los medios, la cultura, el arte y la pornografía lleva vendiéndonos por años, no podemos sentir amor, arraigo o apego alguno: esto induciría al aburrimiento e impediría el dinamismo de la compra y la oferta. Así pues, hemos de comportarnos como se comportarían las máquinas, extendiéndose la analogía desde el empleo maquínico y robótico de nuestros cuerpos hasta la tendencia a la utópica superación de nuestros límites biológicos y corporales en cuanto a rendimiento y capacidad sexual. De hacer posible este tipo de sexualidad y venderla como si se tratase de una opción realista de vida se encarga la publicidad en conjunto, las revistas de moda, la televisión, y de forma menos hipócrita pero más despiadada y fuerte, la  pornografía. Cultivamos el cuerpo utópico que vende la pornografía. Cultivamos los comportamientos sociales que promulga y tal visión de las cosas encaja a la perfección dentro de la hiperconectividad del capitalismo actual.

La pantalla no deja de emitir informaciones: no deja de emitir signos ideológicos, culturales, amarrados necesariamente al estado del pensamiento y la cultura en la gran red. La escena pornográfica promedio actual, filmada con una cámara de mano y con un nivel de producción técnica casero y de bajo coste, dura alrededor de 25 minutos. Generalmente emplea 5 minutos de su introducción a las escenas previas al coito en sí: entrevista con las actrices y escenas de sexo oral progresivamente más violentas. Los minutos restantes, casi 20 en general, están dedicados a la penetración mecánica y maquínica de las protagonistas, en una especie de loop que se concentra no en transmitir o emular las sensaciones físicas de los protagonistas sino en el despliegue obsesivo y grandilocuente de dos cuerpos que se comportan a la vez como máquinas y como mercancías del gran hipermercado de los cuerpos: reina allí la bruma densa de la total y absoluta nada afectiva. La figura de la producción en serie, descubierta en sus potencialidades estéticas por Warhol, es la misma que opera en el tipo de sexo que vende la pornografía norteamericana: miles de carátulas de dvd’s con nuevos títulos salen al mes y las actrices, también miles de ellas, filman semanalmente con actores y actrices señalando una clara y delimitada separación entre coito y afecto que denota la condición desarraigada, mutable y en general inexistente de la afectividad contemporánea, equiparable naturalmente al desarraigo que siente el consumidor una vez una oferta supera a la oferta anterior. Esta estética del sexo en serie, al igual que la de la producción en serie, rinde culto a la fastuosidad de las cifras como forma de reafirmar su carácter industrial, exitoso y de ensueño para las masas: las cifras en pulgadas de un pene gigante y erecto durante 20 minutos, las cifras descomunales de pecho  y cadera de una actriz operada, la cantidad de minutos de penetración constante por parte del actor, el número de orgasmos que finge la actriz, el número de hombres con el que se acuesta a la vez o los salarios insuperables de las actrices que unidas a los enormes dividendos que esta industria genera enfatizan su carácter próspero. La forma de distribución de la pornografía de hoy es hija de las redes y la hiperconectividad del mundo: sin pagar un solo peso, cualquier persona en el mundo con acceso a internet es capaz de consumir la cantidad de pornografía que le plazca, eligiendo entre una saturación de oferta que especifíca cada pequeño detalle de la escena a elegir y que satisface plenamente las exigencias del consumidor. El sexo de esta pornografía es la quintaescencia de lo que la palabra efectividad en el contexto de la producción capitalista actual significa: una vez derrumbado el mito de que el coito tiene algo que ver con la reproducción, los únicos criterios para medir la efectividad de las escenas están relacionados con la cantidad y calidad del sexo, y la única forma de medir ambos factores sin mayor lugar a debates son las cifras que mencionabas anteriormente, entre otras muchas que operan dentro de la lógica del hipersexo. Una celebración de los alcances de esta estética de lo sexual, en la que el placer real no parece curiosamente tener nada que ver.

De nuevo: en el tiempo de hoy, toda imagen al dibujarse en el espacio vacío de la pantalla opera en el dominio mediatizado de las transacciones ideológicas. Los medios, incluida la pornografía, construyen un imaginario, el imaginario del desarraigo y la nulidad afectiva. Sus mitos se extienden entre todas las mentes a la velocidad exacta del modem que empleamos. Asumimos para nuestras vidas que la sexualidad debe operar con los mismos valores del mundo como supermercado: impermanencia y mutabildiad de la oferta, superación maquínica de las restricciones biológicas del cuerpo, potencial infinito de elección como forma de “libertad”. Somos bombardeados por sus exigencias y valores en medio de la arquitectura transparente de la ciudad, de los medios y los flujos vertiginosos de información. Queremos eso también para nuestras vidas, ofrecemos nuestro cuerpo y atraemos hacia nosotros cuerpos intentando emular la hipersexualidad capitalista. El negocio es rentable para sus productores, pero en la vida de muchos, la mentira de que una sexualidad de esa naturaleza sea posible se hace insostenible. En esta contradicción, dónde se mueven los protagonistas de Houellebecq y dónde se potencian todas sus dramas, sus carencias afectivas y las frustraciones que incluso los llevan al punto irreversible del suicidio, la visión de la hegemonía del sexo y la nada emocional parecen irreversibles. En varias entrevistas, el autor plantea la imposibilidad de que tal sociedad persista por mucho tiempo. ¿Cuántas personas viven también el drama de esta contradicción? ¿Cuántas otras superaron, como la protagonista de La posibilidad de una isla, la necesidad y la capacidad de sentir algo semejante al amor?

diciembre 10, 2008

Neurosis de abandono: Se trata de una neurosis cuyo trastorno repercute esencialmente sobre las relaciones afectivas. Afecta a los sujetos particularmente sensibles a toda situación que pueda suscitar de cerca o de lejos el espectro de una ausencia de amor o una amenaza afectiva (separación, frustración, etc.). Esta neurosis se caracteriza clínicamente por un síndrome que asocia: angustia, agresividad y desvaloración de sí mismo. La avidez afectiva del sujeto le lleva a suscitar tarde o temprano, en aquellos a la que se dirige, una actitud de rechazo. Este síndrome puede manifestarse desde la primera infancia, pero se afirma con una violencia particular todas las veces que una circunstancia de la vida reactiva el sentimiento de frustración y de abandono.

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Cosa de conectarme a un cable y dejarme a mi mismo ir. De recomponerme y dejar la droga horrible que es a veces mi propio pensamiento. Abandonar mi interioridad y volverme un gran proyecto, una gran suma de resultados y efectos, dejar de ser adentro y ser completamente afuera. Y cuando menos lo sepa, habré  finalmente olvidado. Viviré el presente permanente, las luces que se reactivan a cada segundo, aquella misma búsqueda que hizo nacer a este blog. Lo vivo ahora mismo, con mucha intensidad.

diciembre 7, 2008

Satellite Anthem Icarus fuma y fuma y salta con su paracaídas a la tierra de los compositores idos. Allí encuentra a Jacob Obrecht y a Hildegard von Bingen y tras algunas copas, largas horas de interesantísima conversación y un par de miradas cómplices, termina enredado en un ménage à trois con ámbos. Satellite Anthem Icarus está libre de nudos puesto que se ha obsesionado con liberarse de ellos, y observa que a su alrededor el tiempo anda más rápido que nunca. Usa una falda fucsia y tiene una hermosísima voz de contratenor que dejó de usar hace años hastiado del belcanto y su repertorio romantizado y enfermizo. Satellite Anthem Icarus hizo un upgrade tecnológico de sí mismo: razona mediante un  software insertado en su cabeza y sus alas son un compuesto de gases semi-transparentes cuya intensidad de emisión controla a través de electrodos. Detrás de una barrera de fuego que separa la casa de Dufay del garaje de Zarlino, Satellite Anthem Icarus encontró a Dayvan Cowboy. El pecho de Dayvan Cowboy emite radiaciones azuladas y su sonrisa es siempre maravillosa, siempre cálida y sugerente. Dayvan Cowboy tiene labios de seda, una cresta de metal, un lazo de neón para las faenas del campo y unas botas, oh boy, unas botas dr. Marten verdes, fosforescentes, que le dan a las rodillas y a las que les añadió dos plataformas de 30cm de alto. Dayvan Cowboy también fue cantante pero ahora compone. Hace unos años soñó un cantus firmus que se repite y repite en su mente como un mantra: sobre él ha escrito piezas de hasta 8 horas de duración. Satellite Anthem Icarus besó a Dayvan Cowboy y lo abrazó. Juntos hacen un compuesto tan extravagante, son una máquina tan sofisticada que es todo un espectáculo verlos brillar.

Satellite Anthem Icarus anota en la entradas 25 de su bitácora de viaje: “Crecen poblando el suelo,  a la manera de las plantas terráqueas, cientos de pequeños tallos rojos que culminan en cubos porosos de tejido neuronal. Perciben el calor y el movimiento del viento, recrean para sí mismos una radiografía del exterior y son plenamente autoconscientes. Es imposible saber si se comunican entre sí”. Estos brotes, piensa para sus adentros Satellite Anthem Icarus, son en realidad una peculiar pero peligrosa plaga. Los tallos absorben paulatinamente el orgon del ambiente. Se vigorizan a través del consumo de la energía sexual y mental que las otras formas de vida a su alrededor requieren para desarrollarse y se reproducen a velocidades impensables, arrasando con todo a su paso. El pelo de Satellite Anthem Icarus es verde. Cae en largos pliegos sobre su hombro izquierdo. Sus ojos son azules y es delgado, no muy alto y con manos de mujer.

Ockeghem usa gafas de Christian Dior y le dispara a las nubes con un rayo laser. Viste zapatos italianos y fuma té. Compone en su mente, mirando al cielo. Tiene amantes y manías y fetiches. Le gustan los espejos y toca el bajo eléctrico cuando descansa por un rato de la música sacra. Para volar, usa un traje negro con parches lila, diseñado para que en las noches sea imposible de detectar. Dufay es quizá más retraído, aunque se muestra afable y conciliador en su trato. Es muy respetado, admirado, buscado y querido; aún así, cuida con todo el esmero del mundo de su espacio personal. Lee revistas culturales, le gusta la literatura sobre viajes y ha aprendido, junto a otros compositores, el arte de la telekinesis y la estrecha relación que guarda éste con el sonido. Para volar no necesita aditamentos particulares: Usa un vestido holgado de tela blanca. El vuelo lo domina con la mente.

Ayer vi a los cuatro (Dayvan Cowboy, Satellite Anthem Icarus, Johannes Ockeghem y Guillaume Dufay) corriendo por el valle abierto. Tomaban impulso con una carrera y levantaban vuelo, como superhéroes de otra época. Inspeccionaban la tierra desde el aire en busca de tallos rojos, y perforaban las nubes de gases tóxicos con sus poderes mentales y sus armas de última generación. Los veo ahora caminar por el desierto, convirtiendo la arena en polvo, sin parar en todo el día ni por un segundo de andar. Se cuidan mutuamente, y buscan desesperadamente algo, algo entre el viento, algo entre el ruido ensordecedor de la tormenta, algo entre las luces de la atmósfera, algo electrizante que no puedo ni siquiera imaginar.

diciembre 5, 2008

cage

Dorothy Norman invited me to dinner in New York.
There was a lady there from Philadelphia who was an
authority on Buddhist art. When she found out I was
interested in mushrooms, she said, “Have you an
explanation of the symbolism involved in the death
of the Buddha by his eating a mushroom?” I explained
that I’d never been interested in symbolism; that
I preferred just taking things as themselves, not
as standing for other things. But then a few days
later while rambling in the woods I got to thinking.
I recalled the Indian concept of the relation
of life and the seasons.        Spring is Creation.
Summer is Preservation.        Fall is
Destruction.        Winter is Quiescence.
Mushrooms grow most vigorously in the fall,      the
period of destruction,      and the function of many
of them is to bring about the final decay of rotting
material.        In fact,      as I read somewhere,
the world would be an impassible heap of old
rubbish were it not for mushrooms and their capacity
to get rid of it.          So I wrote to the lady in
Philadelphia.           I said,        “The function
of mushrooms is to rid the world of old rubbish.
The  Buddha  died  a  natural  death.”

(http://www.lcdf.org/indeterminacy/index.cgi)

noviembre 4, 2008

La lluvia cae en la terraza que hace un par de horas me veía inhalando aire y concentrándome en los colores que brotan naturalmente de los párpados cuando cierro los ojos de cara al sol. Hay sueños de ballenas encalladas, y entre la vigilia y la humedad me vuelvo andrógino, atravieso las paredes y beso aquella espalda salpicada de neutrones y estrellas muertas. Me gusta pensar en lo que hay bajo el mar, en las siluetas que describen los cardúmenes y en el descenso en espiral de los tiburones hacia espacios más amplios de los que puedo llegar a imaginar con la mente. Liberarme es liberarme de todo. Liberarme de mí. Acercarme al mundo en silencio. Volverme vacío-transparente-mudo-casi-inexistente y observar qué hay detrás de las palabras, qué hay detrás de la parte de atrás de los pensamientos. No habrá lugares, guaridas, señales, destinos ni espejismos. No habrá futuro ni pasado.

Geografía interior.

septiembre 1, 2008

Marte

marte.

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futuro (de las planicies eternas) 1.

la playa que Daniel 1 vio en las canarias, hecha de arena negra y pequeñas piedras blancas y brillantes, es seguramente la misma que, con los siglos, Daniel 25 verá en su peregrinar hacia la nada. la misma que, dos mil años después, estará reducida a miles de bancos de sales grises y uniformes, ubicadas entre pequeños lagos que habrán de proliferar como un recuerdo perverso del mar. el dolor que siento me hace soñar con caminar solo, por cientos de años, sobre la playa post-apocalíptica; pensar que el alma puede asumir la forma de la silueta de los miles de kilómetros de océano desértico, inmutable, y monótono. olvidarme de volcanes y montañas. asumir y dominar al llano eterno, hecho de arena y polvo, saber observar el horizonte invariable desde cada punto cardinal. acoger dentro de mí a la planicie infinita, libre de accidentes a la manera de la más virtuosa de las vidas. peregrinar sin rumbo.

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para J.P.

desde por la mañana tengo el único propósito de vivir aún más de lo que la vida tiene para darme. como Oshima al amanecer, procuro cuidar de mi cuerpo, leer mucho y pasar un par de horas intentando entender como las melodías suben, bajan y dan vueltas, mientras a mano alzada intento capturarlas en el papel. buscar más, vivir más, abrir mi cuerpo y mi mente como dos redes que capturan lo que encuentran a su paso, buscando los elementos para saber cómo podría la vida aparecerse con más violencia frente a mí, para predecir mi gran encuentro con el vendaval. saber cómo cazar, saber cómo estar desnudo, sin miedo y sin inhibiciones, limpio de obstáculos interiores, sin reticencias, sin consideración alguna por la propia integridad. desmitificando el dolor, lanzándome a las fauces de la vida, liberándome de mi mismo. ¿cómo encontrar un nivel de embriagues tan absurdo y tan prolífico como para permitirme intentarlo a toda hora? ¿cómo llegar más y más lejos?

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mon petit vulcan. 1.

ahora que el mundo se cargó de tí, lo pierdo al sentir que te pierdo. ahora que te instalaste en mis palabras, y sabiendo a ciencia cierta que habito en el entrecruce de las palabras –en su choque azaroso y violento-, siento que te he cedido mi más profunda casa. eres la escritura de mi mente y de mis manos. busco que no invoques ni te invoque en mi la poesía, para que el dolor no te traiga en forma de palabra. al alejarte de mí me alejo, al perderte me pierdo, al buscar como enmudecerme para que no aparezcas siento que me hago invisible. me hundo en la marea de todo lo que eres. (mon petit vulcan. you’re eruptions and disasters. i keep calm admiring your lava. i keep calm).

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mon petit vulcan. 2.

lo más difícil es no apelar a la vulgar autocompasión o a la idealización de lo vivido. son miles los momentos confusos, a veces brutales y a veces sanamente irrelevantes. lo curioso es que todo lo que me acontece desde hace algunos meses, la intensidad de lo que ocurre, las dimensiones impensables del enamoramiento, del deseo y del dolor no requieren que las sobre adjetive puesto que, por el contrario, encuentro casi imposible hallar un orden en el idioma, una forma de escritura tal que logre hacerles justicia. esas dimensiones, las que se me aparecen invocando y siendo invocadas por varios recuerdos, ingresaron a mi vida y me tomaron por sorpresa como si fueran ajenas, casi como si no provinieran de mi mente. ellas se desbordaron en mi alma como una creciente imparable, se apoderaron del torrente de mi mente, de mi habla, de las palabras y los significados que constituyen mi relación con lo que hay afuera. –lo permití confiando, erradamente, que del otro lado los caminos se bifurcaban simétricamente-. quizá es esa la facultad más impresionante del amor, enredarse de tal forma en nosotros como para iluminar desde si a miles de objetos y momentos que antes nos atravesaban sin que advirtiéramos su presencia. cuerpos translúcidos, casi a punto de desvanecerse. esas partes del mundo que existen sin que las notemos, que habitualmente permanecen mudas, pero que con el lente que nos otorga amar adquieren peso, color, dimensiones, letras y hasta fonemas. su presencia se hace física y violenta.

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mon petit vulcan. 4.

(hablo de la vida diaria, de los amaneceres transparentes, de los cúmulos de agua entre los párpados, de los libros que ahora desbordan sentido, de horas y días y meses sin poder apartar del habla y del pensamiento a aquel sueño inconcluso, vago en sus contornos, incierto, dónde la cordura parece disolverse de a pocos. y de cómo el mundo a mi alrededor se filtra a través de lo que no está, de cómo la música nunca será la misma, de cómo los edificios reaparecen frente a mis ojos sumergidos en distancia. de cómo retornas siempre, de cómo la mente se envuelve en círculos. y del silencio, que se puebla de palabras. y del alma, que se muda de casa).

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futuro (de las planicies eternas) 2.

algún día aceptaré la imposibilidad de la isla. de aquél lugar en medio del tiempo dónde los seres se fundirían, teóricamente, en extensiones mutuas. el amor también es deseo, y el deseo es perturbación temporal y geográfica. amar es embriagarse de irrealidad, abandonarse al anhelo de la simbiosis perfecta, al sueño animal del no abandono. amar es hacer cartografías de lugares míticos, de llanuras imposibles. lugares que el deseo, como fuerza convulsiva del presente, como puro movimiento, como creador por excelencia de accidentes y fallas geográficas, hace irrealizables. el deseo es el viento, la erosión, el choque de las placas, la explosión de los volcanes submarinos. es el crecimiento y la muerte de las plantas, el derrumbe de las rocas, las mesetas y la línea que genera el ondular de las dunas. el amor sueña con las planicies, pero solo si se realizara el imposible de liberarlo del deseo lograríamos, de su mano, acceder a ellas. así pues, el camino a esa playa por venir, a ese vasto océano desecado, debe hacerse en soledad. en otro tiempo, en otra existencia voy, como Daniel25, por las llanuras de una vida despojada de sentimientos y contradicciones, de cualquier tipo de anhelo. solo, completo, vagando por una eternidad estática: una eternidad de valles infinitos.

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possibly maybe, Björk. link.

la posibilidad de una isla, Michelle Houellebecq. link

influenza, Ted Rundgren. link

agosto 4, 2008

Soy yo. Todo se trata de mí. Describo esta música hecha de repeticiones que bien podrían ser infinitas, siento el sol caer sobre la terraza, oigo ruidos cuya procedencia desconozco y me abandono, pleno, a la feliz experiencia de dejarlos resonar, de dejarlos existir, de absorberlos como una hoja absorbe la luz y el agua. Qué podría abstraerme de mí? Quién podría privarme de mí? Soy yo. Son mis manos deslizandose por la arena. Son las jerarquías del mundo completamente contrariadas, son las calles reflejándose en las ventanas, es caminar de madrugada, respirar el aire frío y guardar para mí el brillo místico de las campanas cuando las toco. Son mis días, en apariencia iguales pero siempre distintos. Son los libros, es el arpa del piano siendo violentada por objetos que le son ajenos.

Tus gafas de sol reflejan otras ciudades, hechas de viento y polvo. Tus manos conocen otro mundo, infinitamente diferente al mío. Lo que hemos vivido a lo largo de toda nuestra vida nos construye y define y aún así jamás seremos capaces de transferirlo; el secreto de cómo la realidad nos embriaga por adentro muere en las fronteras de nuestra piel y se degrada, necesariamente, cuando lo hablamos y lo escribimos. No sé si te conozca. La poesía está afuera, en el acontecer llano de la vida y en todo aquello que requiere un máximo de contemplación y un mínimo de interpretación. Te contemplé. Llenaste de color esta estación. Siento, sin embargo, el fuerte soplar de otros vientos, y he de aceptar que el color de la copa de los árboles está cambiando.

mayo 19, 2008

El turista ve la herida, ve el vendaje sobre la herida, lo remueve, deshace la cicatriz con las uñas y empieza a hurgar con los dedos en la llaga abierta, intentando abrirla más. Aplica alcohol, grita de dolor a todo pulmón y se entrega de nuevo a esta suerte de masturbación dolorosa, intentando profundizar y expandir los pliegues de la carne ensangrentada. Su mano izquierda da golpes desesperados sobre la mesa de noche, mientras busca erráticamente cualquier objeto de tamaño medio que le permita, con efectividad, abrirse paso entre la abertura y el hueso. El turista no se conforma con una imagen homogénea del dolor: quiere reconocerlo, estudiar su comportamiento de forma sistemática. ¿Qué tal si, 4 centímetros adentro de la abertura, intenta desgarrarla hacia la derecha y luego hacia la izquierda con todas las fuerzas? ¿Qué tal si al presionar hacia adentro con una mano con la otra rasga un pliego considerable de piel? ¿De qué se componen esas sutilezas que diferencian los distintos tipos de auto flagelo, más allá de aquella sensación de parálisis infernal que identifica a ambas?

El turista busca que la herida lo perfore del todo, busca llegar, raspando con paciencia, hasta el otro lado de su cuerpo.

Horadar

Verbo transitivo

Perforar un objeto atravesándolo completamente.

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